El que se va a Melilla...

Cuando era niño no era habitual encontrar muchas sillas en las casas, no existían (o al menos yo no conocía) las de plástico que se utilizan actualmente. Normalmente estaban las del juego de comedor, a las que se sumaba alguna más de la cocina.

Nosotros jugábamos hasta cansarnos por todos los rincones de la casa, en el fondo, en el jardín o a lo largo y ancho de la cuadra directamente, sin que los entonces mayores nos prestaran demasiada atención.

Cuando queríamos descansar nos tirábamos en el piso o íbamos hasta la sala en la que se desarrollaba la reunión de los adultos y esperábamos hasta que alguien se levantara, cuando lo hacía nos sentábamos raudamente, y cuando nos reclamaban el lugar respondíamos: "el que se fue a Melilla perdió su silla".

Nunca estuvo en cuestión quien era el dueño de la silla.

Sorprende hoy el sistema político uruguayo con una discusión de ese estilo, en donde los valores éticos son dejados de lado por la avaricia económica y las ansias de poder.

Formalmente las bancas son de los legisladores, que fueron electos por la ciudadanía para ocupar dicho cargo. Esto hace que solo ante la negativa de renunciar por parte del parlamentario en cuestión el debate ya quede zanjado.

Ahora, si bien en los papeles la banca es del legislador, que fue puesto en ese lugar por el soberano, el real cuestionamiento a determinar sería "honestamente" de quién es la banca y establecer si los diputados y senadores en Uruguay son realmente elegidos por la ciudadanía.

Mi opinión personal es que en su gran mayoría no.

Uruguay tiene un sistema electoral que no permite elegir libremente, por ejemplo a través de una plancha, a sus parlamentarios, sino que la papeleta es entregada en forma cerrada y se vota simultáneamente un grupo de legisladores con la elección presidencial.

¿Algún diputado o senador puede pensar que el día que la ciudadanía depositaba su voto en la urna lo hacía pensando en la elección de las cámaras o todos votaban pensando en una fórmula presidencial?

La respuesta mayoritariamente parece ser clara.

En los últimos días el senador Jorge Saravia se ha amparado en el soberano al argumentar por qué no deja su banca al irse del Frente Amplio para seguramente, en breve, ingresar al Partido Nacional.

El legislador desconoce la voluntad de los miles de ciudadanos que decidieron apostar por un proyecto político en octubre de 2009, sin siquiera saber quién era Saravia ni el lugar que ocupaba en la lista del Espacio 609.

Poco le importó al senador "enmendarle la plana al pueblo" y deshacerse de sus falsas odas a la ética y la moral política en aras de mantener sus ingresos económicos y la circunstancial tribuna legislativa.

Con acciones de este tipo hasta en los recuerdos de mis cumpleaños infantiles se habrían roto los códigos. Saravia se quiere ir a Melilla, pero llevándose consigo la silla.

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